Madness? (relato corto... ¿drama? xD)
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Madness? (relato corto... ¿drama? xD)
Este relato lo escribí hace ya algún tiempo (un par de años, como mínimo), bastante corto y con un argumento quizá algo lioso, pero espero que os guste... 
Johann se despertó con la espalda empapada en sudor. Sentía un ligero dolor de cabeza, y un intenso calor en la entrepierna. Se levantó rápidamente de la cama y fue hacia el cuarto de baño dando trompicones. Abrió la puerta del pequeño armario azul cielo, sacó un botecito de aspirinas y se llevó una a la boca; siempre le había gustado el sabor anaranjado de aquellas pastillas. Abrió el grifo del lavabo y, poniendo el vaso de cristal bajo el chorro de agua, lo llenó hasta la mitad. Tras tomarse el medicamento, se acercó a la ducha y
descorrió la cortina de la misma. Johann se llevó un buen susto cuando descubrió quien se encontraba tras ésta y, con un grito, cayó al suelo.
-¿Q-qué estás haciendo ahí? - preguntó con un hilo de voz.
Después de desayunar algo en la pequeña cafetería de la empresa, Johann cogió su maletín y comenzó a andar sin mucho afán. Uno de los guardias de seguridad del edificio, J.Lewis, le dedicó un leve gesto con la
cabeza cuando éste pasó totalmente abstraído por el hall principal en dirección a los ascensores. J.Lewis era un hombre corpulento de mediana edad, rubio y de ojos verdes, que tenía fama de mujeriego, y que, casi con total seguridad, no tenía donde caerse muerto. Johann pulsó el botón de llamada de uno de aquellos
tres ascensores, y esperó hasta que éste hubo llegado. El hombre entró en el elevador, pulsó el botón número 12 del panel de control del aparato, y, como si alguien le hubiese preguntado, comenzó a hablar sobre lo que había soñado aquella noche, qué era lo que había desayunado y que cosas debía hacer en aquel duro día de trabajo.
N.Hewitt se encontraba tecleando en su ordenador cuando vio a su jefe entrando por la puerta de la oficina. Se enderezó en su asiento y esperó a que éste hubiera recorrido el pequeño pasillo entre las mesas de los trabajadores y hubiese llegado a su despacho para poder conversar con él en privado. Le sorprendió mucho el hecho de que estuviera hablando completamente solo:
-… taste esta mañana, que lo sepas. No esperaba que estuvieras allí… - consiguió escuchar.
- ¿Estás bien, Johann?- preguntó.
- Pues claro que sí, Norman, ¿por qué debería estar mal?
Norman se quedó patidifuso. Acababa de oír a su jefe y cuñado murmurando solo, y, además, él negaba que le pasase algo.
- No se, te encuentro algo raro esta mañana…- apuntó Norman.
- Pues yo estoy perfectamente… -contestó Johann, y entró en el despacho.
Norman puso los ojos en blanco y le siguió. Los rojizos rayos de luz del Sol de las ocho de la mañana entraban por las rendijas de las grises ventanas. El ambiente estaba algo cargado, pues la habitación llevaba todo el fin de semana cerrada a cal y canto. Johann siempre había sido muy maniático con el cuidado de su despacho: cuando llegaba el Viernes encajaba la puerta y echaba la llave para impedir que las mujeres de la
limpieza entraran, ya que prefería barrer y fregar él mismo aquella habitación cuando llegaba al Lunes siguiente.
- Por cierto, el Sábado te estuve esperando un par de horas y no apareciste… - Norman, apoyado en el marco de la puerta, miraba de manera incriminatoria a su interlocutor - ¿Qué te pasó?
- Discutí con Lizzy… Nada importante.
- Y entonces, ¿por qué no viniste? - inquirió Norman.
- Estaba muy preocupado por ella - Johann sacó un trapo blanco de uno de los bolsillos de su maletín y lo pasó por encima de la mesa - Además, no podía dejar a la pequeña Kate sola, ¿verdad?
Norman se sobresaltó, haciendo que su hombro se escurriese por el marco de la puerta, y estuvo a punto de caer de bruces al suelo.
- ¿Pequeña? – el joven hizo una pequeña pausa mientras se enderezaba - Pero, Johann… Kate tiene 24 años y ya no vive contigo, ¿lo recuerdas?
- ¿Qué tiene qué…? Kate solo tiene cuatro añitos… - el hombre miró con asombro a su subordinado. - Creo que el que debería preguntar si estás bien soy yo, ¿no?
J.Lewis observó con atención a la joven que en aquel instante entraba por la puerta principal del edificio. Acto
seguido miró el reloj, y se dio cuenta de que la chica llegaba tarde al tajo. Pero eso le daba igual, siempre y cuando pudiese echarle un ojo y charlar un rato con ella. Le había examinado mil y una veces, y siempre le había puesto un diez. J.Lewis le sonrió y esperó hasta que estuvo un poco más cerca para poder hablar con ella tranquilamente.
- ¡Hola, preciosa! - saludó el hombre - ¿Qué tal el fin de semana?
La mujer pasó de largo sin siquiera contestar a la pregunta, y a J.Lewis se le borró la sonrisa de la cara de un plumazo.
K. Gregory corrió por el hall principal, pues llegaba tarde al trabajo. Acababa de dejar atrás la entrada principal, y, con ella, al hombre que más odiaba en el mundo. Se dirigía hacia las escaleras principales del edificio cuando notó que el bolsillo le vibraba, y una tenue musiquilla comenzó a sonar. Metió la mano en el pantalón y sacó un pequeño teléfono móvil.
- ¿Diga? - preguntó.
- Hola, soy yo… - se oyó una débil voz por el auricular - Necesito que me ayudes…
Ya era casi de noche cuando Johann regresaba a casa conduciendo su Jeep rojo. Había puesto la radio para amenizar el viaje, y miraba el asiento del copiloto, como si echase en falta algo. Había sido un día duro como pocos otros, y se encontraba algo cansado, pero parecía no notarlo. Se enderezó en el asiento y tomó un cruce a la derecha. De un momento a otro vería la silueta de su casa, emplazada a las afueras de la ciudad. De pronto el sonido de la radio comenzó a distorsionarse, y se empezó a escuchar algo parecido al ruido de gusanos de un canal de televisión mal sintonizado. El hombre giró la cabeza y su gesto cambió por completo. Apagó la radio y se puso a charlar, aparentemente alegre.
Tras unos diez minutos más conduciendo, Johann llegó a su calle. Aparcó el coche frente a su puerta y
salió del mismo. Cogió el maletín del asiento trasero y entró en el hogar. La luz roja del teléfono estaba parpadeando, lo que indicaba que tenía un mensaje de voz guardado en el contestador. Dejó el maletín sobre el sillón del salón y pulsó el botón de lectura de mensajes:
- Hola… Soy Katty… Llamaba para decirte que mañana te espero en mi consulta a las diez… Procura no faltar, ¿vale?... Me da igual lo atareado que estés, necesitamos hablar… Bueno, si puedes, mejor llámame… Me quedaré más tranquila.
Johann miró el aparato sin comprender. Cogió el mando de la televisión y se sentó en el sofá.
- ¿Quién será esa Katty…?
K. Gregory miró el reloj de pared de la cocina: eran las ocho y media, lo que quería decir que, si no se daba prisa, llegaría tarde. Se tomó el último trago de zumo de naranja y salió de casa como una exhalación. Se subió en el coche, giró la llave de contacto, y el motor se encendió con una sacudida.
Pronto había salido ya de aquel pequeño pueblecito al que se había mudado con la intención de olvidarse un poco de su antigua vida y ser algo más libre.
Su padre y su madre siempre la habían tratado como si fuese una niña pequeña, aún cuando había terminado ya la universidad, así que decidió empezar una nueva vida ella sola, pero no todo salió como ella esperaba, y le asignaron un trabajo demasiado cercano a su antigua vida.
- No puedo hacer nada… - se dijo - Es eso o me muero de hambre… Necesito trabajar, ¿no?
Norman charlaba con el guardia, J.Lewis, mientras esperaba. Pocos minutos después, la puerta del hall principal se abrió, y apareció una figura que le resultaba muy familiar.
- Buenos días - saludó Norman.
- Buenos días, ¿subimos arriba, mejor? - preguntó la otra persona, que miró al guardia de arriba abajo, con
gesto de asco.
- Hace frío estos días, ¿verdad? - comentó a su vez J.Lewis, que miraba de reojo a Norman. El guarda se despidió con un bufido y comenzó a andar.
Norman y su acompañante atravesaron el hall bajo la enojada mirada de J.Lewis, y, en unos segundos, desaparecieron por las escaleras.
Johann terminó de arreglar los papeles que se encontraban sobre su escritorio y le echó un vistazo al reloj:
las nueve y nueve. Recordó entonces el extraño mensaje del contestador, y decidió investigar un poco sobre esa tal Katty. Salió del despacho, y se percató de la ausencia de Norman, lo que le sorprendió, porque nunca antes se había retrasado. Se acercó entonces al chico de los recados, J.Field, que en aquel preciso momento se encontraba repartiendo correo.
- ¡Jeremy! - llamó Johann, en tono autoritario.
El muchacho, de pelo enmarañado y pelirrojo, con pecas y nariz picuda, se acercó a donde él estaba. Era lo bueno de los novatos: podías hacer con ellos lo que quisieses, y si eran jovenes, aún más.
- ¿Conoces tú a una tal Katty? - inquirió el jefe con rotundidad.
- Katty… Katty… Me suena de algo, pero ahora mismo no sabría decirle quien es, señor… Lo siento.
- Dijo algo de una consulta… - prosiguió Johann, aunque sabía que así no llegaría muy lejos - Bueno, déja...
- ¡Espere! ¿Podría tratarse de aquella mujer…?
- ¿Qué mujer? - Johann se sobresaltó por el grito del joven - No tengo todo el día, muchacho.
- En la segunda planta, creo que estaba en el mismo pasillo que la enfermería, pero… - el chico pareció contrariarse - No se si realmente es allí, lo siento.
Johann dejó atrás al chico y salió al pasillo. Llamó al ascensor y esperó hasta que este hubo llegado.
- El ascensor tarda demasiado - se dijo Norman. El hombre se encontraba absorbido por sus pensamientos. Estaba recordando la conversación que había tenido minutos atrás con aquella chica. Se acordaba, además, de la cara que ella había puesto cuando le contó lo ocurrido.
El sonido de llegada del aparato sacó a Norman de su ensimismamiento. Se disponía a entrar en el elevador cuando alguien le agarró del brazo. Era Johann, que en aquel momento salía del mismo.
- ¿Por qué no estás arriba? ¡Hay mucho trabajo que hacer! - le sermoneó de forma escueta - Yo subiré dentro de poco… ¡Espérame en el despacho!
Y, acto seguido, las puertas del ascensor se cerraron, y Norman rezó porque ella pudiese hacer algo.
En la azotea del edificio, J.Lewis holgazaneaba observando el cielo. Miró el reloj que descansaba en su muñeca y se dijo a sí mismo que aquel día había subido demasiado pronto; la gente podría sospechar de su ausencia. Pero a él le daba igual. Llevaba cinco años trabajando en aquella empresa, y no le echarían por una siestecita de nada. Además, allí arriba estaba a gusto: se había creado lo que él llamaba “El Refugio”, pues nunca nadie subía hasta allí. Tenía una tumbona, una mesita, y una pequeña sombrilla para los días de intenso calor. Pero aquel día era diferente, aquel día había subido a la azotea para desasirse de la furia que
recorría su cuerpo. No entendía por qué, pero le torturaba saber que ese tipejo, Norman, y su chica estaban juntos.
K.Gregory se encontraba sentada en su cómodo sillón, y miraba distraída por la ventana. Esperaba que llegase de un momento a otro.
- Señorita, está aquí el Señor Gregory, y dice tener cita con usted… - sonó el altavoz del teléfono.
La joven pulsó un botón y contestó:
- Hágale pasar, Victoria…
Minutos después llamaron a la puerta. K.Gregory se enderezó en su asiento, empezó a ponerse nerviosa y
comenzó a sudar.
- Adelante… - dijo ella.
Johann entró resuelto por aquella puerta de roble oscurecido, y miró detenidamente lo que tenía alrededor. Se encontraba en una habitación de color claro, bien ventilada, y que, como único mobiliario, poseía una pequeña estantería, un escritorio acorde y dos sillones, uno para la doctora, y otro para los pacientes. Sobre la mesita había un letrero que decía “Doctora K.Gregory”.
- Katty, supongo… - dictaminó Johann, con un deje de discordia en su voz - Desconocía que en la empresa
hubiese otra persona con mi mismo apellido…
- ¿Podría sentarse un ratito? - preguntó Katty con una voz enfermiza, quebrada, que no era suya.
Johann permaneció de pie en medio de la sala, escrutando a la mujer. Acto seguido se acercó a la mesa y, apoyando las manos sobre esta, dijo:
- No se muy bien que es lo que quiere, ni quien le ha dicho a usted que yo necesito visitarla, pero puedo
asegurarle que no necesito su ayuda.
- No puedo decirle quien me ha pedido que le viera, Johann… - la cara del hombre denotaba disgusto, en señal de que no le gustaba que ella supiese su nombre. Katty carraspeó varias veces - Pero he de decirle que, sea quien sea, cree que usted tiene algún tipo de alucinación… Dice haberle visto hablando sólo… Y, además, cree que usted ha perdido la memoria…
Katty estaba realmente agitada. Sentía como sus rodillas se convertían en flan. Sus ojos se habían empañado ligeramente.
- ¿Quién coño ha dicho eso?
- Ya le he dicho que no puedo decírselo… Si tan solo me dijese con quien habla normalmente… Con quien hablaba ayer por la mañana en la oficina…
- Yo… la veo, doctora, por mucho que la gente diga que ella no está ahí… A todas horas… Ella está ahí, conmigo, sonriéndome. Aunque… a veces llora - Johann miró a la psicóloga, que tenía el bolígrafo entre los dientes - Y, a pesar de que ella haya dejado de hablar, no creo que necesitemos su ayuda.
Después de esto, Johann se marchó sin más.
Katty se despertó pronto aquella mañana: quería terminar con aquello cuanto antes. El día anterior había tenido mucho trabajo, y no pudo llamar a Norman, a pesar de haber estado todo el día pensando en aquello. Terminó de comerse la tostada que había preparado para desayunar, se levantó de la mesa, y encendió el teléfono móvil para llamar a Norman.
- ¿Hola? - se oyó la voz del hombre entre el barullo que sus hijos estaban montando.
- Si, Norman, soy yo… - Katty habló claro y rápido - Necesito la dirección de Johann… Se que debería saberla, pero… He de averiguar algo…
- ¿La dirección de…? - Norman quedó pensativo - No, voy contigo… Pásame a buscar a eso de las 8…
- Muy bien - contestó la joven sin mucho afán.
Johann se encontraba solo en su despacho. Estaba completamente solo, ni siquiera Norman, que le había llamado minutos antes para decirle que hoy no podría ir a trabajar, estaba con él… Nadie. Se echó hacia atrás en el respaldo y miró al techo. Tampoco la había visto a ella. Las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos, y sus mejillas pronto se encontraron empapadas; sentía que algo iba mal. Salió del despacho con la cabeza gacha y unas gafas de sol puestas. Sabía donde debía ir y qué debía hacer.
Katty conducía su Chrysler negro en dirección a la casa de Johann. A su lado, un incrédulo Norman miraba por la ventanilla.
- ¿Estás segura de que él se refería a Elizabeth, a nuestra Lizzy? - inquirió.
- Si… Hubiese reconocido esa mirada perdida en cualquier parte - la joven torció a la derecha y continuó recto - Él hablaba de Lizzy, sin duda…
El coche frenó en seco justo delante de una antigua casita a las afueras de la ciudad. Katty salió rápidamente del coche y se dirigió a la casa adyacente. En la fachada se podía leer “Familia Weis” en grandes letras doradas. La chica llamó insistentemente al timbre, hasta que una anciana mujer abrió la puerta.
- Buenos días, señora - saludó Norman - Somos conocidos de la familia que vive aquí al lado, y…
- Necesitamos saber si usted ha visto a Elizabeth éste último fin de semana… - le cortó Katty.
La mujer se les quedó mirando unos segundos, y luego negó con la cabeza.
- El Viernes pasado les oí discutir… Fue una discusión muy fuerte… Pero ella no ha vuelto todavía, se lo aseguro.
Katty se marchó corriendo. Norman le dio las gracias a la anciana y corrió tras ella.
- He de encontrar a Johann cuanto… - pero su voz se vio ahogada por la música que salía del teléfono móvil.
La joven contestó a la llamada. Norman se fijó en que la expresión de la cara de Katty había cambiado. Pronto las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, y Norman comprendió con una facilidad casi irrisoria el mensaje que estaba recibiendo: Elizabeth había muerto.
Johann estaba perdido en un incesante torbellino de pensamientos. Sobre todos aquellos impulsos, uno
destacaba: el incansable deseo de subir. Peldaño a peldaño, Johann estaba llegando al último piso. ¿Y que habría después? “El vacio”, pensó él. Se quitó las gafas y las guardó en un bolsillo.
A Jonathan Lewis le extrañó sobremanera ver al señor Gregory en la azotea, y más aún que pasase por su lado sin ni siquiera percatarse de que él estaba allí. Johann se había adelantado por la azotea en dirección al abismo, y Jonathan, temiéndose lo peor, se fue acercando poco a poco a él, pues no sabía de qué sería capaz. Durante unos intensos minutos, estuvo pidiendo ayuda, pero seguro que nadie le escucharía. Poco después llegaron Katty y Norman.
- ¡No, no lo hagas! - gritó una voz a su espalda.
Johann miró hacia atrás y vio a una niña de cuatro años, con la mano extendida y el rostro cubierto de lágrimas, rogándole que no se tirase: su hija Kate. A su lado estaba Norman, con la cara contraída y los ojos enrojecidos, expectante. Se sentía emocionado, pero, sin embargo, ella no estaba allí, ella ya no estaba…
Katty sabía perfectamente qué era lo que Johann estaba sintiendo en aquel momento, y que estaba pensando: echaba en falta a alguien.
- Lo siento, pero… No va a volver… - sollozó.
- ¡Mientes! ¡Elizabeth tiene que venir! - rogó él con un grito desgarrador.
- ¡Ella a muerto, papa! - culminó Katty.
Todo pasó en una fracción de segundo. Johann se tambaleó debido al shock, pero Jonathan, que se había ido acercando, pudo agarrarle antes de que cayese al vacio. Entre Norman y él, consiguieron llevar a Johann hasta el centro de la azotea y sentarle allí. Katty, que sentía arder sus mejillas, se abalanzó sobre los brazos de su padre.
- Lizzy siempre ha estado conmigo… - confesó Johann entre lágrimas - Ella intentaba decirme que no volvería… Por eso soñaba con ella, con aquella oscuridad, con aquel asqueroso coche negro… - el hombre besó a su hija en la frente - Tu madre lloraba… casi siempre lloraba… Se me aparecía a menudo… Y yo creía que ella estaba realmente ahí… No quería perder vuestro recuerdo… No quería perderos… No creerás que estoy loco, ¿verdad, hija?
- No, papa… - Katty abrazó a su padre aún más fuerte - Claro que no…
Día 1
Johann se despertó con la espalda empapada en sudor. Sentía un ligero dolor de cabeza, y un intenso calor en la entrepierna. Se levantó rápidamente de la cama y fue hacia el cuarto de baño dando trompicones. Abrió la puerta del pequeño armario azul cielo, sacó un botecito de aspirinas y se llevó una a la boca; siempre le había gustado el sabor anaranjado de aquellas pastillas. Abrió el grifo del lavabo y, poniendo el vaso de cristal bajo el chorro de agua, lo llenó hasta la mitad. Tras tomarse el medicamento, se acercó a la ducha y
descorrió la cortina de la misma. Johann se llevó un buen susto cuando descubrió quien se encontraba tras ésta y, con un grito, cayó al suelo.
-¿Q-qué estás haciendo ahí? - preguntó con un hilo de voz.
* * * * *
Después de desayunar algo en la pequeña cafetería de la empresa, Johann cogió su maletín y comenzó a andar sin mucho afán. Uno de los guardias de seguridad del edificio, J.Lewis, le dedicó un leve gesto con la
cabeza cuando éste pasó totalmente abstraído por el hall principal en dirección a los ascensores. J.Lewis era un hombre corpulento de mediana edad, rubio y de ojos verdes, que tenía fama de mujeriego, y que, casi con total seguridad, no tenía donde caerse muerto. Johann pulsó el botón de llamada de uno de aquellos
tres ascensores, y esperó hasta que éste hubo llegado. El hombre entró en el elevador, pulsó el botón número 12 del panel de control del aparato, y, como si alguien le hubiese preguntado, comenzó a hablar sobre lo que había soñado aquella noche, qué era lo que había desayunado y que cosas debía hacer en aquel duro día de trabajo.
* * * * *
N.Hewitt se encontraba tecleando en su ordenador cuando vio a su jefe entrando por la puerta de la oficina. Se enderezó en su asiento y esperó a que éste hubiera recorrido el pequeño pasillo entre las mesas de los trabajadores y hubiese llegado a su despacho para poder conversar con él en privado. Le sorprendió mucho el hecho de que estuviera hablando completamente solo:
-… taste esta mañana, que lo sepas. No esperaba que estuvieras allí… - consiguió escuchar.
- ¿Estás bien, Johann?- preguntó.
- Pues claro que sí, Norman, ¿por qué debería estar mal?
Norman se quedó patidifuso. Acababa de oír a su jefe y cuñado murmurando solo, y, además, él negaba que le pasase algo.
- No se, te encuentro algo raro esta mañana…- apuntó Norman.
- Pues yo estoy perfectamente… -contestó Johann, y entró en el despacho.
Norman puso los ojos en blanco y le siguió. Los rojizos rayos de luz del Sol de las ocho de la mañana entraban por las rendijas de las grises ventanas. El ambiente estaba algo cargado, pues la habitación llevaba todo el fin de semana cerrada a cal y canto. Johann siempre había sido muy maniático con el cuidado de su despacho: cuando llegaba el Viernes encajaba la puerta y echaba la llave para impedir que las mujeres de la
limpieza entraran, ya que prefería barrer y fregar él mismo aquella habitación cuando llegaba al Lunes siguiente.
- Por cierto, el Sábado te estuve esperando un par de horas y no apareciste… - Norman, apoyado en el marco de la puerta, miraba de manera incriminatoria a su interlocutor - ¿Qué te pasó?
- Discutí con Lizzy… Nada importante.
- Y entonces, ¿por qué no viniste? - inquirió Norman.
- Estaba muy preocupado por ella - Johann sacó un trapo blanco de uno de los bolsillos de su maletín y lo pasó por encima de la mesa - Además, no podía dejar a la pequeña Kate sola, ¿verdad?
Norman se sobresaltó, haciendo que su hombro se escurriese por el marco de la puerta, y estuvo a punto de caer de bruces al suelo.
- ¿Pequeña? – el joven hizo una pequeña pausa mientras se enderezaba - Pero, Johann… Kate tiene 24 años y ya no vive contigo, ¿lo recuerdas?
- ¿Qué tiene qué…? Kate solo tiene cuatro añitos… - el hombre miró con asombro a su subordinado. - Creo que el que debería preguntar si estás bien soy yo, ¿no?
* * * * *
J.Lewis observó con atención a la joven que en aquel instante entraba por la puerta principal del edificio. Acto
seguido miró el reloj, y se dio cuenta de que la chica llegaba tarde al tajo. Pero eso le daba igual, siempre y cuando pudiese echarle un ojo y charlar un rato con ella. Le había examinado mil y una veces, y siempre le había puesto un diez. J.Lewis le sonrió y esperó hasta que estuvo un poco más cerca para poder hablar con ella tranquilamente.
- ¡Hola, preciosa! - saludó el hombre - ¿Qué tal el fin de semana?
La mujer pasó de largo sin siquiera contestar a la pregunta, y a J.Lewis se le borró la sonrisa de la cara de un plumazo.
* * * * *
K. Gregory corrió por el hall principal, pues llegaba tarde al trabajo. Acababa de dejar atrás la entrada principal, y, con ella, al hombre que más odiaba en el mundo. Se dirigía hacia las escaleras principales del edificio cuando notó que el bolsillo le vibraba, y una tenue musiquilla comenzó a sonar. Metió la mano en el pantalón y sacó un pequeño teléfono móvil.
- ¿Diga? - preguntó.
- Hola, soy yo… - se oyó una débil voz por el auricular - Necesito que me ayudes…
* * * * *
Ya era casi de noche cuando Johann regresaba a casa conduciendo su Jeep rojo. Había puesto la radio para amenizar el viaje, y miraba el asiento del copiloto, como si echase en falta algo. Había sido un día duro como pocos otros, y se encontraba algo cansado, pero parecía no notarlo. Se enderezó en el asiento y tomó un cruce a la derecha. De un momento a otro vería la silueta de su casa, emplazada a las afueras de la ciudad. De pronto el sonido de la radio comenzó a distorsionarse, y se empezó a escuchar algo parecido al ruido de gusanos de un canal de televisión mal sintonizado. El hombre giró la cabeza y su gesto cambió por completo. Apagó la radio y se puso a charlar, aparentemente alegre.
Tras unos diez minutos más conduciendo, Johann llegó a su calle. Aparcó el coche frente a su puerta y
salió del mismo. Cogió el maletín del asiento trasero y entró en el hogar. La luz roja del teléfono estaba parpadeando, lo que indicaba que tenía un mensaje de voz guardado en el contestador. Dejó el maletín sobre el sillón del salón y pulsó el botón de lectura de mensajes:
- Hola… Soy Katty… Llamaba para decirte que mañana te espero en mi consulta a las diez… Procura no faltar, ¿vale?... Me da igual lo atareado que estés, necesitamos hablar… Bueno, si puedes, mejor llámame… Me quedaré más tranquila.
Johann miró el aparato sin comprender. Cogió el mando de la televisión y se sentó en el sofá.
- ¿Quién será esa Katty…?
Día 2
K. Gregory miró el reloj de pared de la cocina: eran las ocho y media, lo que quería decir que, si no se daba prisa, llegaría tarde. Se tomó el último trago de zumo de naranja y salió de casa como una exhalación. Se subió en el coche, giró la llave de contacto, y el motor se encendió con una sacudida.
Pronto había salido ya de aquel pequeño pueblecito al que se había mudado con la intención de olvidarse un poco de su antigua vida y ser algo más libre.
Su padre y su madre siempre la habían tratado como si fuese una niña pequeña, aún cuando había terminado ya la universidad, así que decidió empezar una nueva vida ella sola, pero no todo salió como ella esperaba, y le asignaron un trabajo demasiado cercano a su antigua vida.
- No puedo hacer nada… - se dijo - Es eso o me muero de hambre… Necesito trabajar, ¿no?
* * * * *
Norman charlaba con el guardia, J.Lewis, mientras esperaba. Pocos minutos después, la puerta del hall principal se abrió, y apareció una figura que le resultaba muy familiar.
- Buenos días - saludó Norman.
- Buenos días, ¿subimos arriba, mejor? - preguntó la otra persona, que miró al guardia de arriba abajo, con
gesto de asco.
- Hace frío estos días, ¿verdad? - comentó a su vez J.Lewis, que miraba de reojo a Norman. El guarda se despidió con un bufido y comenzó a andar.
Norman y su acompañante atravesaron el hall bajo la enojada mirada de J.Lewis, y, en unos segundos, desaparecieron por las escaleras.
* * * * *
Johann terminó de arreglar los papeles que se encontraban sobre su escritorio y le echó un vistazo al reloj:
las nueve y nueve. Recordó entonces el extraño mensaje del contestador, y decidió investigar un poco sobre esa tal Katty. Salió del despacho, y se percató de la ausencia de Norman, lo que le sorprendió, porque nunca antes se había retrasado. Se acercó entonces al chico de los recados, J.Field, que en aquel preciso momento se encontraba repartiendo correo.
- ¡Jeremy! - llamó Johann, en tono autoritario.
El muchacho, de pelo enmarañado y pelirrojo, con pecas y nariz picuda, se acercó a donde él estaba. Era lo bueno de los novatos: podías hacer con ellos lo que quisieses, y si eran jovenes, aún más.
- ¿Conoces tú a una tal Katty? - inquirió el jefe con rotundidad.
- Katty… Katty… Me suena de algo, pero ahora mismo no sabría decirle quien es, señor… Lo siento.
- Dijo algo de una consulta… - prosiguió Johann, aunque sabía que así no llegaría muy lejos - Bueno, déja...
- ¡Espere! ¿Podría tratarse de aquella mujer…?
- ¿Qué mujer? - Johann se sobresaltó por el grito del joven - No tengo todo el día, muchacho.
- En la segunda planta, creo que estaba en el mismo pasillo que la enfermería, pero… - el chico pareció contrariarse - No se si realmente es allí, lo siento.
Johann dejó atrás al chico y salió al pasillo. Llamó al ascensor y esperó hasta que este hubo llegado.
* * * * *
- El ascensor tarda demasiado - se dijo Norman. El hombre se encontraba absorbido por sus pensamientos. Estaba recordando la conversación que había tenido minutos atrás con aquella chica. Se acordaba, además, de la cara que ella había puesto cuando le contó lo ocurrido.
El sonido de llegada del aparato sacó a Norman de su ensimismamiento. Se disponía a entrar en el elevador cuando alguien le agarró del brazo. Era Johann, que en aquel momento salía del mismo.
- ¿Por qué no estás arriba? ¡Hay mucho trabajo que hacer! - le sermoneó de forma escueta - Yo subiré dentro de poco… ¡Espérame en el despacho!
Y, acto seguido, las puertas del ascensor se cerraron, y Norman rezó porque ella pudiese hacer algo.
* * * * *
En la azotea del edificio, J.Lewis holgazaneaba observando el cielo. Miró el reloj que descansaba en su muñeca y se dijo a sí mismo que aquel día había subido demasiado pronto; la gente podría sospechar de su ausencia. Pero a él le daba igual. Llevaba cinco años trabajando en aquella empresa, y no le echarían por una siestecita de nada. Además, allí arriba estaba a gusto: se había creado lo que él llamaba “El Refugio”, pues nunca nadie subía hasta allí. Tenía una tumbona, una mesita, y una pequeña sombrilla para los días de intenso calor. Pero aquel día era diferente, aquel día había subido a la azotea para desasirse de la furia que
recorría su cuerpo. No entendía por qué, pero le torturaba saber que ese tipejo, Norman, y su chica estaban juntos.
* * * * *
K.Gregory se encontraba sentada en su cómodo sillón, y miraba distraída por la ventana. Esperaba que llegase de un momento a otro.
- Señorita, está aquí el Señor Gregory, y dice tener cita con usted… - sonó el altavoz del teléfono.
La joven pulsó un botón y contestó:
- Hágale pasar, Victoria…
Minutos después llamaron a la puerta. K.Gregory se enderezó en su asiento, empezó a ponerse nerviosa y
comenzó a sudar.
- Adelante… - dijo ella.
* * * * *
Johann entró resuelto por aquella puerta de roble oscurecido, y miró detenidamente lo que tenía alrededor. Se encontraba en una habitación de color claro, bien ventilada, y que, como único mobiliario, poseía una pequeña estantería, un escritorio acorde y dos sillones, uno para la doctora, y otro para los pacientes. Sobre la mesita había un letrero que decía “Doctora K.Gregory”.
- Katty, supongo… - dictaminó Johann, con un deje de discordia en su voz - Desconocía que en la empresa
hubiese otra persona con mi mismo apellido…
- ¿Podría sentarse un ratito? - preguntó Katty con una voz enfermiza, quebrada, que no era suya.
Johann permaneció de pie en medio de la sala, escrutando a la mujer. Acto seguido se acercó a la mesa y, apoyando las manos sobre esta, dijo:
- No se muy bien que es lo que quiere, ni quien le ha dicho a usted que yo necesito visitarla, pero puedo
asegurarle que no necesito su ayuda.
- No puedo decirle quien me ha pedido que le viera, Johann… - la cara del hombre denotaba disgusto, en señal de que no le gustaba que ella supiese su nombre. Katty carraspeó varias veces - Pero he de decirle que, sea quien sea, cree que usted tiene algún tipo de alucinación… Dice haberle visto hablando sólo… Y, además, cree que usted ha perdido la memoria…
* * * * *
Katty estaba realmente agitada. Sentía como sus rodillas se convertían en flan. Sus ojos se habían empañado ligeramente.
- ¿Quién coño ha dicho eso?
- Ya le he dicho que no puedo decírselo… Si tan solo me dijese con quien habla normalmente… Con quien hablaba ayer por la mañana en la oficina…
- Yo… la veo, doctora, por mucho que la gente diga que ella no está ahí… A todas horas… Ella está ahí, conmigo, sonriéndome. Aunque… a veces llora - Johann miró a la psicóloga, que tenía el bolígrafo entre los dientes - Y, a pesar de que ella haya dejado de hablar, no creo que necesitemos su ayuda.
Después de esto, Johann se marchó sin más.
Día 3
Katty se despertó pronto aquella mañana: quería terminar con aquello cuanto antes. El día anterior había tenido mucho trabajo, y no pudo llamar a Norman, a pesar de haber estado todo el día pensando en aquello. Terminó de comerse la tostada que había preparado para desayunar, se levantó de la mesa, y encendió el teléfono móvil para llamar a Norman.
- ¿Hola? - se oyó la voz del hombre entre el barullo que sus hijos estaban montando.
- Si, Norman, soy yo… - Katty habló claro y rápido - Necesito la dirección de Johann… Se que debería saberla, pero… He de averiguar algo…
- ¿La dirección de…? - Norman quedó pensativo - No, voy contigo… Pásame a buscar a eso de las 8…
- Muy bien - contestó la joven sin mucho afán.
* * * * *
Johann se encontraba solo en su despacho. Estaba completamente solo, ni siquiera Norman, que le había llamado minutos antes para decirle que hoy no podría ir a trabajar, estaba con él… Nadie. Se echó hacia atrás en el respaldo y miró al techo. Tampoco la había visto a ella. Las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos, y sus mejillas pronto se encontraron empapadas; sentía que algo iba mal. Salió del despacho con la cabeza gacha y unas gafas de sol puestas. Sabía donde debía ir y qué debía hacer.
* * * * *
Katty conducía su Chrysler negro en dirección a la casa de Johann. A su lado, un incrédulo Norman miraba por la ventanilla.
- ¿Estás segura de que él se refería a Elizabeth, a nuestra Lizzy? - inquirió.
- Si… Hubiese reconocido esa mirada perdida en cualquier parte - la joven torció a la derecha y continuó recto - Él hablaba de Lizzy, sin duda…
El coche frenó en seco justo delante de una antigua casita a las afueras de la ciudad. Katty salió rápidamente del coche y se dirigió a la casa adyacente. En la fachada se podía leer “Familia Weis” en grandes letras doradas. La chica llamó insistentemente al timbre, hasta que una anciana mujer abrió la puerta.
- Buenos días, señora - saludó Norman - Somos conocidos de la familia que vive aquí al lado, y…
- Necesitamos saber si usted ha visto a Elizabeth éste último fin de semana… - le cortó Katty.
La mujer se les quedó mirando unos segundos, y luego negó con la cabeza.
- El Viernes pasado les oí discutir… Fue una discusión muy fuerte… Pero ella no ha vuelto todavía, se lo aseguro.
Katty se marchó corriendo. Norman le dio las gracias a la anciana y corrió tras ella.
- He de encontrar a Johann cuanto… - pero su voz se vio ahogada por la música que salía del teléfono móvil.
La joven contestó a la llamada. Norman se fijó en que la expresión de la cara de Katty había cambiado. Pronto las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, y Norman comprendió con una facilidad casi irrisoria el mensaje que estaba recibiendo: Elizabeth había muerto.
* * * * *
Johann estaba perdido en un incesante torbellino de pensamientos. Sobre todos aquellos impulsos, uno
destacaba: el incansable deseo de subir. Peldaño a peldaño, Johann estaba llegando al último piso. ¿Y que habría después? “El vacio”, pensó él. Se quitó las gafas y las guardó en un bolsillo.
* * * * *
A Jonathan Lewis le extrañó sobremanera ver al señor Gregory en la azotea, y más aún que pasase por su lado sin ni siquiera percatarse de que él estaba allí. Johann se había adelantado por la azotea en dirección al abismo, y Jonathan, temiéndose lo peor, se fue acercando poco a poco a él, pues no sabía de qué sería capaz. Durante unos intensos minutos, estuvo pidiendo ayuda, pero seguro que nadie le escucharía. Poco después llegaron Katty y Norman.
* * * * *
- ¡No, no lo hagas! - gritó una voz a su espalda.
Johann miró hacia atrás y vio a una niña de cuatro años, con la mano extendida y el rostro cubierto de lágrimas, rogándole que no se tirase: su hija Kate. A su lado estaba Norman, con la cara contraída y los ojos enrojecidos, expectante. Se sentía emocionado, pero, sin embargo, ella no estaba allí, ella ya no estaba…
* * * * *
Katty sabía perfectamente qué era lo que Johann estaba sintiendo en aquel momento, y que estaba pensando: echaba en falta a alguien.
- Lo siento, pero… No va a volver… - sollozó.
- ¡Mientes! ¡Elizabeth tiene que venir! - rogó él con un grito desgarrador.
- ¡Ella a muerto, papa! - culminó Katty.
Todo pasó en una fracción de segundo. Johann se tambaleó debido al shock, pero Jonathan, que se había ido acercando, pudo agarrarle antes de que cayese al vacio. Entre Norman y él, consiguieron llevar a Johann hasta el centro de la azotea y sentarle allí. Katty, que sentía arder sus mejillas, se abalanzó sobre los brazos de su padre.
- Lizzy siempre ha estado conmigo… - confesó Johann entre lágrimas - Ella intentaba decirme que no volvería… Por eso soñaba con ella, con aquella oscuridad, con aquel asqueroso coche negro… - el hombre besó a su hija en la frente - Tu madre lloraba… casi siempre lloraba… Se me aparecía a menudo… Y yo creía que ella estaba realmente ahí… No quería perder vuestro recuerdo… No quería perderos… No creerás que estoy loco, ¿verdad, hija?
- No, papa… - Katty abrazó a su padre aún más fuerte - Claro que no…

Salathar- Mensajes: 18
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Edad: 23
Localización: Valdemoro

Re: Madness? (relato corto... ¿drama? xD)
Joo, nadie dice nada 

Salathar- Mensajes: 18
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